que bajito que sombrío está aquel árbol. la tarde me está acechando, no puedo ver más que aquella planta que en nada se parece a un árbol, sólo en lo frío y en la magnitud de tristeza que me irradia.
- limpia limpia tu soleado corazón, que mañana será hoy y la noche será trizas. la niña cantaba.
por un momento me pareció que eran las raíces del arbolito las que cantaban, pero era sangre.
- ¿y por qué está sangrando nuestro árbol, simona?
- está llorando, dije. - al corazón se le ha extraviado la gracia
- eso es lindo, dijo la niña. - aún no recuerdo el momento en el que mi cuerpo se divorció de ti. ¿por eso las alondras que me regalaban las rayuelas para darte, se me han volado de las manos?.
-me han llegado por el viento, pero es tarde. no se la edad que llevan mis ojos, simona. dije
- pues vuela y canta con las alondras, no quiero perderme.
- ya te darás cuenta que la jaula de la inocencia se ha cerrado; aún no sabes..
(la niña interrumpe) - por la noche nos puedo recordar recostadas en el jardín de las magnolias, se que lo recuerdas. un suave eco de miedo me despierta, me alejo de mi, de ti, de los cuerpos. me he perdido. la jaula de los ausentes se ha liberado y nos ha encerrado. somos demasiado niñas, pero nos vemos del otro lado del espejo y la muerte nos saluda con nuestra gracia entre las manos. debo admitir que se presentó aún más bella de lo que rumoreaban las alondras
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